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"El Futuro de la Familia: ¿Cónyuge A + Cónyuge B?", por Sergio Díez U. PDF Imprimir E-Mail

2010-07-04

El futuro de la familia: ¿cónyuge A + cónyuge B?

Sergio Díez Urzúa 

 

Es obvio que no tiene sentido rendirle culto a la tradición, pero tampoco rechazarla a priori. "Tradición" viene de "traditio", la acción de entregar o traspasar. El traspaso de la propiedad, lo mismo que el de las enseñanzas, evita que los bienes -las cosas buenas- se pierdan con el transcurso del tiempo. No hay tradición más hermosa que la de la madre que entrega la vida a los hijos, el alimento del propio pecho, las lecciones del hogar. De este oficio materno proviene "matrimonio" ("mater munus"), institución que funda la familia, la unión estable entre hombre y mujer para amarse y proyectarse en los hijos. Esto es el ABC de la sociedad y corresponde a la tradición más chilena.

 

Para nadie es un misterio que la familia se ha debilitado y que han proliferado las uniones de hecho. El Acuerdo de Vida en Común (AVC) que se ha presentado en el Parlamento es uno de los tantos sucedáneos del matrimonio que intentan cuadrar el círculo; es decir, transformar las convivencias de hecho en una institución. Pero en este proyecto se rebajan los requisitos a tal punto que permite meter en una misma definición a las uniones heterosexuales y homosexuales. La justicia es ciega, pero la ley no lo es. Ella debe ser capaz de distinguir (sinónimo de discriminar) entre una unión matrimonial que tiene como finalidad la procreación, y aquellas uniones que no representan más que una mera opción individual. No toda opción individual tiene derecho a ser reconocida. Las mujeres que aceptan la poligamia no pueden exigir que la ley reconozca su opción. Tampoco la persona que se ofrece voluntariamente como esclava. Situaciones como éstas ponen al descubierto las aporías de la lógica liberal, que desconoce la naturaleza propia de las cosas.

 

Basta repasar la experiencia de otros países en esta materia para comprender la estrategia del lobby homosexual. Comienzan demandando un estatuto de carácter patrimonial para su unión, pero pronto reclamarán efectos personales -como la adopción-, para acabar exigiendo un estatuto que los equipare al matrimonio. Todo esto produce una completa distorsión del Derecho de Familia, y da lugar a aberraciones como las que se han introducido recientemente en España al reemplazar las denominaciones de marido y mujer por las de "cónyuge A" y "cónyuge B", y las de padre y madre por "progenitor A" y "progenitor B". No se trata de una fantasía de Orwell, sino de una espeluznante realidad.

 

El AVC no dice nada acerca de los hijos. Parece como si no existieran. Es un reflejo patente de la ideología que inspira el proyecto: el "contratante A" se une con el "contratante B" sólo para vivir juntos. No interesa si llegan a ser progenitores, o si tienen la diferenciación sexual indispensable para serlo.

 

Se declara de muchos modos la voluntad de que el AVC no debilite al matrimonio, pero es inevitable que eso ocurra. Como dice la conocida ley económica, la mala moneda desplaza a la buena. El "matrimonio barato" socava al verdadero hasta producir una equiparidad entre ellos. Pero ocurre que la precariedad del AVC no puede garantizar ninguna estabilidad a la unión de los padres, y por lo tanto a los hijos. La "voluntad de permanencia" que exige ese contrato no pasa de ser una manifestación de buenas intenciones, pues basta la simple voluntad de una de las partes para ponerle fin.

 

Como bien se ha dicho, la familia estable es la mejor red de protección social. Ella educa y cuida de la salud. Ella aleja a los niños y jóvenes de tantos peligros que surgen del abandono. Ella protege a los viejos. Ella favorece una afectividad sana. Ella incentiva el trabajo y la inversión responsable del patrimonio. Todos estos bienes, y muchos más, son los que la familia defiende. ¿Vamos entonces a abrir la puerta a uniones inestables o caprichosas que desnaturalizan la familia, para luego recoger los destrozos?

 

Está bien que se corrijan situaciones injustas que pueden afectar a las personas que conviven. Pero el mandato constitucional dice que el Estado debe propender al fortalecimiento de la familia, y hacia allá debemos orientar nuestros mejores esfuerzos. Hay mucho por hacer para lograr que la familia chilena goce de mejor salud, incentivando el matrimonio, favoreciendo la natalidad, premiando la fidelidad. La familia del futuro se edifica sobre el auténtico acuerdo de vida en común: aquel que celebran el hombre y la mujer que se unen en matrimonio para toda la vida.

 

El Mercurio, Reportajes, domingo 4 de julio de 2010

 

 
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